viernes, 2 de mayo de 2008

Lloviendo ladrillos

No hace falta ser economista para saber que el día que la burbuja inmobiliaria estallara, habría infinidad de daños colaterales. Las fantásticas cifras macroeconómicas de apenas hace un año, no eran más que cantos de sirena que escondían tremendos errores de bulto. Cuando parte del PIB de un país depende de la construcción o la mayoría de los nuevos puestos de trabajo creados están destinados a este sector, quiere decir que la economía no está diversificada, con el peligro que esto conlleva si el sector dominante entra en crisis, como así ha sido.
Y yo me pregunto, ¿de quién es la culpa de esta situación? Presuntamente todo comenzó cuando en el verano de 2007 estalló la famosa crisis de las hipotecas subprime en EEUU, productos bancarios de gran riesgo ya que los suscriptores de estas hipotecas no contaban con todas las garantías financieras para poder afrontarlas. Sin embargo, los bancos, en su ilimitado afán de lucro, decidieron taparse la nariz y conceder estas hipotecas aún sabiendo el peligro que se corría. Resulta irónico teniendo en cuenta que una de las máximas de la teoría económica es el conservadurismo a la hora de tomar riesgos.
Todo el mundo ha hablado de la irresponsabiliad estadounidense pero, si hemos llegado al estado actual, es porque los bancos españoles decidieron seguir la misma senda de locura hipotecaria.
Y es que la burbuja inmobiliaria se ha hecho más y más grande debido a una letal combinación de:
-Tipos de interés bajos (o el interés del Banco Central Europeo por animar al consumo familiar)
-Las facilidades por parte de las entidades financieras a la hora de otorgar hipotecas (en los buenos tiempos de la burbuja, los bancos a sabiendas concedían hipotecas a clientes que, ante una hipotética subida de los tipos, no podrían pagar)
-Constructores sin escrúpulos que con el aumento de la demanda de pisos motivada por la supuesta facilidad de compra y el miedo generalizado al ascenso imparable de los precios, decidieron elevar las viviendas hasta límites insospechados, convirtiendo así un bien básico en un artículo de auténtico lujo.
En medio de todo esto, las familias, endeudadas hasta el último euro, que han caído en la trampa movidas por ese deseo tan español como inexplicable de poseer una vivienda en propiedad a toda costa.
Desgraciadamente no va a haber un mea culpa por parte de ninguna de las partes implicadas. Nadie va a pedir perdón por haberse lucrado de manera irresponsable sin pensar en las consecuencias que se podían acarrear.
Aún así, nosotros, los ciudadanos de a pie, deberíamos de aprender unas cuantas lecciones para no volver a caer en los mismos errores, a saber:
1. No se es peor persona por no poseer una vivienda en propiedad. Aprendamos de nuestros vecinos europeos y sus viviendas en alquiler.
2. No apliquemos el cuento de la lechera. Es absurda esa teoría de que " Si hoy me compro un piso por 20 millones, el año que viene costará 30 y el próximo 40". ¿De qué nos sirve realmente que nuestro piso aumente de valor? Si lo vendemos, lo único que podremos hacer con el dinero será comprar otra vivienda en las mismas condiciones de mercado, con lo cual no existe una ganacia real de capital (a no ser que pensemos irnos a vivir debajo de un puente con los 40 millones como única compañía)
3. En ocasiones, merece la pena usar el dinero para disfrutar de la vida (cenas, viajes, ocio...) y no para encerrarnos en una jaula de oro (por mucho que dicha jaula sea de nuestra propiedad)

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