
Ayer acabó la segunda temporada de Mad Men. Es cierto eso de que el creador es el mismo que el de Los Soprano porque los capítulos ( y temporadas) tienen finales inconclusos sobre los que no sabes muy bien qué pensar.
Esta temporada ha reafirmado mi amor por esta serie. Me gusta su densidad, su profundidad, su torrente de sentimientos que se ahogan discretamente bajo la frialdad, elegancia y sofisticación de los publicitarios y allegados que pueblan esa agencia que en los 60 ya hacía cosas que aquí empezamos a soñar hacer relativamente poco.
Los diálogos encierran reflexiones sobre el dolor, la infelicidad, el vacío y la impostura que supone el aparentar vivir bajo esa perfección tan propia como falsa de los anuncios de la tele.
Las frase son como puñales.
Algunas dolorosas:
- Los jóvenes no saben nada. Ni siquiera saben que lo son.
Otras declaraciones de principios:
- Si tengo que morir, quiero que sea en Manhattan
Muchas de ellas rematadamente machistas:
- Puedes estar bien, o puedes estar casado
- Al cumplir los 30, es como si a las mujeres se les apagara la luz
Quién dice que el cine ha muerto si esta más vivo que nunca en esta serie, con sus composiciones de plano que parecen sacadas de un cuadro de Edward Hopper.
Y ese descubrimiento que es la esposa de Don Draper, Betty, con una distinción y elegancia que de haber vivido hace 50 años hubiera enamorado a Hitchcock para encarnar a sus gélidas rubias.

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