Hace unos días nos sorprendía la noticia de la detención en Perú de un grupo de delincuentes que se dedicaban nada más y nada menos que a la extracción de grasa humana para luego venderla a laboratorios de cosmética. Ni que decir tiene que la obtención de la grasa traía consecuencias más bien mortales para la pobre víctima secuestrada. En Perú siempre ha existido la leyenda de estos asesinos, a los que se les conoce con el nombre de pishtacos y a quienes hay que tener más miedo que al hombre del saco.
Esto me trajo directamente a la memoria un libro de Vargas Llosa llamado Lituma en los Andes, que precisamente azuzaba el fantasma pishtaquil.
No es de esos libros que a una le apasionen pero sí me impresionó su retrato del Perú de los años 80, especialmente del miedo que existía en las regiones más abandonadas de los Andes a Sendero Luminoso y a los pishtacos. Se suponía que no era demasiado seguro adentrase solo por los montes ante el peligro de encontrarte con cualquiera de estos individuos ( de los que ya no se sabía cuál era peor).
Ahora dicen que no está claro que a la banda de la que os hablaba se la pueda denominar como de pishtacos, pero la leyenda ahí queda.

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