El otro día veía en Callejeros un reportaje sobre El Camino de Santiago. No pude evitar acordarme de mi propio Camino o de "cómo me volví a casa al día siguiente de comenzar".
Corría el lejano 1999. Tenía 17 años. Recuerdo que durante aquel invierno previo mi amiga I. y yo estuvimos planeando minuciosamente nuestro recorrido, el número de kilómetros por jornada, el avituallamiento necesario, la logística, etc.
Mi madre me decía que si estaba loca, que a dónde iba, que yo era alérgica al deporte, que no soportaría más de un día de caminata. Sin embargo yo, en mi infinita ingenuidad, (en esos tiempos no tenía el avispamiento de una adolescente de FOQ), estaba convencida de que aquello sería una especie de paseo por el campo con Heidi y Clara de acompañantes. Craso error.
Tras 20 kilómetros de recorrido, un dolor de pies insoportable, cuestas empinadas, calores sofocantes y una noche en un pabellón deportivo, caí en la cuenta de que el Camino no estaba hecho para mí. Es que, amiguitos, para ser peregrino, no sólo hay tener fortaleza física, sino también mental. Si no se posee, el sólo hecho de pensar en lo que te queda por delante agota ( en mi caso 100 km durante 5 días)
Así que a la mañana siguiente, enfadada y cansada, le dije a I. y al resto que abandonaba, que no podía más, que me volvía a casa con mi mamá, mi sofá, mi cama y mi agua caliente.
Afortunadamente, alguien del grupo decidió volverse conmigo, lo que hizo la Operación Retorno más entretenida y menos humillante.
A los pocos días, me reuní con mi grupo cuando llegaron a Santiago. Yo estaba descansada y duchada, ellos exhaustos y contentos. Sigo admirando su valentía, pero no me arrepiento de nada.
Hace poco Él me decía que por qué no volvemos a intentarlo el año que viene. Respondí que si es en coche y pernoctando en hotelitos con encanto, entonces me apunto. Algo he aprendido en 10 años.

![Validate my Atom 1.0 feed [Valid Atom 1.0]](valid-atom.png)
No hay comentarios:
Publicar un comentario