Debería de proponerme viajar a Madrid por lo menos una vez al año. Es una ciudad que cambia tanto que unos cuantos meses sin verla te sorprenden con cosas nuevas. Sí, soy una turista y a mucha honra. Me gusta esta condición.
Por ejemplo, esta vez me encontré con que en el Metro hay cobertura de móvil. Hasta ahora el suburbano era el único espacio en el que estabas libre de pesados, jefes y gente inconveniente en general. Ahora nos pueden localizar hasta en las profundidades de la tierra. Bueno y malo a la vez.
En Princesa, donde antes había una discoteca para quinceañeros, me han puesto la sala Heineken y me han quitado el Dunkin Donuts que había al lado, aunque permanecen imperturbables los cines Renoir con sus versiones originales y sus películas indies. Lo del Dunkin no es tan grave, peor fue cuando descubrí que habían cerrado el Madrid Rock y en su lugar habían puesto un Bershka. Metáfora del capitalismo, la muerte de la industria discográfica y por qué no, un poquito del chonismo.
En Cibeles sueñan con la candidatura olímpica y hay un cartel en el edificio de Correos que me pregunta si tengo una corazonada ,con su correspondiente versión en Inglés que nos alienta con un I feel in my bones.
Pero todo sigue igual en la confluencia entre Montera y Gran Vía, con sus meretrices mezcladas con los turistas, los hoteles finos y los manifestantes anti-McDonalds. Todo en unos pocos metros cuadrados. Como haberse perdido en un reportaje de Callejeros.
Repito: Soy una turista feliz de su condición. Y así me gustas más.

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